sábado, 8 de octubre de 2011

¿Educamos en igualdad? (I)

Seguramente la mayoría de personas que hayan respondido a la pregunta habrán dado un sí enorme, sobre todo si son mujeres, pero nada más lejos de la realidad.

La ropa, los juguetes, la decoración del cuarto... aún no ha nacido el bebé, pero si los papás conocemos el sexo del bebé, comenzamos a elaborar diferentes expectativas según se trate de un niño o de una niña.
  
      No  ha nacido y ya lo estamos “educando”.

¿Sabías que cuando los adultos interaccionan con un bebé le proporcionan más sonrisas y caricias si creen que es una niña (aunque sea un niño)? ¿Y que si piensan que es un niño (aunque sea una niña) le someten a movimientos más enérgicos y le ofrecen juguetes “adecuados para su sexo” (coches, camiones...)? ¿Somos conscientes de cómo influyen nuestras concepciones de lo que es un hombre y una mujer en la educación de nuestros hijos?


La primera socialización del niño se produce en el seno de la familia. Progresivamente van interviniendo otros agentes educativos o socializadores: como el colegio (profesores, amigos...), y los medios de comunicación (sobre todo la televisión).

 
Nos guste o no, es un hecho que, todavía hoy en día, se educa de manera diferente a niños y niñas en aspectos que no debieran establecer ninguna diferenciación: como por ejemplo en la expresión de los sentimientos. Y esta segregación comienza a producirse en la familia.
Todos atribuimos diferentes roles o expectativas de comportamiento a las personas en función de su sexo. De alguna manera esperamos que una persona se comporte “como hombre” o “como mujer”. Y culturalmente se ha aceptado que estas diferencias tienen una explicación natural o biológica.Y no es así. Biológicamente, en lo único que nos diferenciamos es en el aparato reproductor, en las hormonas y evidentemente que unas podemos dar a luz y dar de mamar y los hombre no. Pero es todo físico, en cuanto al resto somos exactamente iguales.
Durante los primeros tres años de vida los niños se muestran más activos que las niñas, y reciben por ello más estimulación física. Hasta los 8 años la maduración neurológica de las niñas es más rápida que la de los niños. Las niñas adquieren mayor autonomía y con más rapidez. Por ejemplo, el control de esfínteres suele alcanzarse más tempranamente en las niñas que en los niños. 
Pero, ¿hasta dónde llegan las diferencias “naturales” y hasta dónde las intervenciones socioeducativas? ¿Los niños son más agresivos por naturaleza, o aprenden a serlo y a identificarse con su propio género a través de las conductas violentas? En general, a los niños se les toleran más conductas agresivas y violentas que a las niñas.¿Por qué? Aunque no encontremos una respuesta satisfactoria y concluyente para estas cuestiones, es interesante que nos las planteemos, y que gracias a ellas analicemos cómo estamos educando a nuestros hijos.

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